Espacio de una escritora de Santa Fe, Argentina. Profundiza en el Microcuento. También se incluyen Relatos y Cuentos. Se le devuelve a la Literatura breve el lugar que merece. Correos a anacallegaris@yahoo.com.ar
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Lunes, 28 de noviembre de 2005
Breve historia del norte santafesino. La amistad, la pobreza, la orfandad. Dos parejas jóvenes y un destino similar.
El campo era de ambos. Se querían, habían compartido las mismas miserias desde la infancia. Pueblo pobre, zona rural seca, padres muertos, madres con pocos pesos y muchas deudas.
Cuando debieron ir a la escuela, Jorge se negó a ir a otra que no fuera la que había elegido la madre de Wenceslao.
Así fueron a Reconquista, todos los días en el mismo petiso. Cuando llovía, si el vecino don Froilán podía, los llevaba en su vieja camioneta.
Cuando el amor les puso alas, Wenceslao se casó joven con su primera novia, Antonieta Mascondi.
Jorge era más mujeriego, tuvo noviazgos fugaces con chicas de Avellaneda, Reconquista, Vera, Villa Ocampo. No dejó baile sin asistir.
Antonieta y Wenceslao estaba esperando el segundo hijo y él seguía de pueblo en pueblo.
Finalmente, a los treinta y cinco, se casó con Margarita Jouber. Linda rubia del norte santafesino.
La vida siguió, ambos maduraron, compraron un campo barato al oeste de Avellaneda en sociedad. Muchas hectáreas y poco ganado. Algunos caballos, una yegua castaña preñada.
Antonieta era callada, tranquila. Pero Margarita de vez en cuando ponía algún comentario contra Wenceslao.
- Vos no ves que te está jodiendo, Negro. La vez pasada arregló solo con los Tardelli la compra de esas semillas que no sirvieron para nada. Vos decís siempre que sí, que está bien lo que el Wenceslao diga.
Esa noche de tanto calor la yegua se metió en un galpón. Al amanecer los peones se encontraron con un potrillito zaino, guapo, macho de lindo porte.
Le avisaron en seguida a los patrones.
La discusión vino al mediodía, Wenceslao le había dicho a todo el mundo que el caballito era suyo.
-Mi mujer dice que vos me pasás, Lao, ahora veo que es verdad. El potrillo es de los dos.
-No, es mío. La yegua es mía, el hijo también.
-Pero si el campo es de los dos, ella estaba adentro...
-No, los Juárez cuando nos vendieron nos hicieron ver ciertas cosas a las que vos nunca das bolilla, el que lleva las riendas acá siempre fui yo. Vos haraganeás. Además, a la yegua la pagué aparte.
- ¡Pero che! ¡Siempre fuimos amigos! Tiene razón mi mujer, desde que somos socios, para vos se acabó la amistad.
Esta última frase enardeció a Wenceslao. Arrojó golpes de puño al aire.
Jorge siempre fue más fuerte, alto y corpulento. Lo derribó con un solo empujón en la cara.
Fuera de sí, Wenceslao Cortés sacó el cuchillo de la cintura.
- ¡¿Esta es tu amistad?!
Jorge empalideció. No sabía qué le dolía más: si el abdomen herido o la amistad quebrada.
Los peones lo llevaron, la sangre no paraba y se desmayó a pocas leguas.
Jorge Farnes falleció poco después, en un hospital de Reconquista.
Wenceslao está internado en el Hospital Siquiátrico de Santa Fe, dicen que había intentado suicidarse dos veces cuando desde la Cárcel de Reconquista lo retiró una ambulancia que lo depositó en la capital santafesina.
Margarita, vestida de negro hasta su muerte, no habló del episodio por mucho tiempo. La madre la fue a buscar y se la llevó junto a su niñita Jorgelina.
Ninguno de los cuatro tenía cuarenta años.
Por: Ana Callegaris | General | Comentarios (1) | Referencias (0)